Decía Henry Wadsworth Longfellow, el poeta norteamericano del siglo XIX nacido en Maine, que en cuestiones de «carácter, formas y estilo, la excelencia suprema es la simplicidad». Quizás con esa idea in mente, Carolina Herrera presentó ayer su colección para el proximo otoño invierno, en un poco recargado espacio del barrio de Chelsea, en Manhattan. El desfile comenzó con una serie de combinados en blanco y negro, de corte austero y estilo inspirado en la «rica brevedad» de los atuendos de Jane Eyre o los uniformes de las alumnas de escuelas de monjas de la primera mitad del siglo XX. Los detalles de cuellos casi infantiles, puños delicados y faldas plisadas, combinaban con modernidad con cazadoras negras de cuero inspiradas en «la perfecto» o botines masculinos de aire mod. La compleja y variada colección de camisas blancas demostró, una vez más, que aparte de ser una prenda fetiche para la creadora venezolana, es una pieza eterna que se puede conjugar en estilos extremadamente variados. Nunca una prenda ha dado tanto de sí con tan pocos elementos. Carolina Herrera combinó las camisas blancas en conjuntos femeninos, con faldas muy vestidas e incluso, con pantalones rectos negros, sobresaliendo bajo un jersey azulón, creando una versión juvenil, diurna y desenfadada su visión de la elegancia. Los vestidos de coctel, refinados, en rosas y azules, con tejidos lánguidos, volantes y plisados, mostraron a la mujer «Herrera» a otra hora del día, dejando el clasicismo atrás para atrapar una actualidad heterodoxa y rebelde, pero prudente. Finalmente, los modelos largos de noche eran ejemplares de elegancia contenida y un toque particular en cada caso. El rosa empolvado y el nude, se combinaron de muy distintos modos: con cuello en corola y puños fruncidos, en un aire retro; en falda de gran caída con top dorado, como llevaban las divas de los años 50; en capas de tul con cinturillas negras, inspirados en las bailarinas de Edgard Degas, o -como colofón- cristalizados en un magnifico «ensemble» de vestido-capa que recordaba a la ligera libélula que sale de su letargo. En resumen, un desfile con vestidos para casi cualquier mujer, de casi cualquier edad, a casi cualquier hora y en cualquier día del año.