Rosario Porto llora al teléfono mientras insiste en que no sabe por qué en el cuerpo de su hija apareció lorazepam: pide volver a estar con ella, y dice antes de colgar que espera que Asunta hubiese recibido en vida un poco de la mucha felicidad que le dio a ella. Alfonso Basterra escribe cartas desde prisión en las que primero se muestra destrozado por “la locura y la rabia”, y anuncia que “cuando salga no pararé hasta encontrar al que mató a mi hija, y entonces podrán encerrarme con un motivo”, pero semanas después dice haber encontrado el camino al perdón: se lo pide a aquellos que le condenaron y que planeó asesinar al salir de prisión (“hicieron su trabajo de la mejor forma que pudieron, les pido perdón por mis terribles pensamientos”) y anuncia su final: “Tengo decidido el cómo y el dónde (…) Mi condena es no haberla protegido cuando debía, y tras mi fallecimiento (…) me reuniré con ella: mi niña me necesita y yo a ella”.

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