‘Maquia’, el amor de una madre llevado al ánime

‘Maquia’, el amor de una madre llevado al ánime

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En Maquia hay dragones, por mucho que no tengan ese nombre y se consuman bajo la docilidad del cautiverio. En Maquia hay elfos, aunque tampoco se llamen así y equivoquen sus pasiones. En Maquia hay construcciones que nada tienen que envidiar a las altas y blancas torres de Minas Tirith; tampoco en los malos gobernantes. En Maquia hay hermosas y desdichadas princesas, encerradas en torres de marfil. En Maquia hay magia, maravilla y épica. También poesía, la que enmarca los últimos momentos de las leyendas.

Maquia es todo eso. Es un universo de fantasía bellamente diseñado que logra deslumbrar. También sorprender, pese a los muchos mundos similares que hayamos conocido, con un guion que huye de los caminos transitados en exceso.

El gran mérito de esta película, premiada en Sitges, es que ni dragones, ni elfos, ni batallas épicas o amores desgarrados son los protagonistas. La verdadera magia que esconde Maquia se encuentra en el amor de las madres por sus hijos, firme como una roca una vez despierta; en el amor de los hijos por sus madres, cambiante y también permanente; está en la belleza de lo cotidiano, de tal manera que aquello que no rutila es lo que acaba calando más profundamente nuestro corazón.

Los elfos y los dragones, los reyes y las princesas, quedan pronto eclipsados por el transcurrir de las vidas de personajes que en las grandes sagas épicas serían secundarios. Personajes para los que el transcurrir del tiempo es disparejo, convirtiendo la asunción del dolor y la pérdida en una valiosa enseñanza. El amor siempre merece la pena, por mucho que no vaya a ser eterno.

El paso del tiempo tiene un sentido. Igual que lo tiene avanzar encontrando personas a las que querer y viendo cómo la distancia o la muerte nos las arrebatan. Somos lo que otros hacen de nosotros, cómo nos criaron nuestros padres, de quienes estuvimos alguna vez enamorados por mucho que lo hayamos olvidado.

Me resulta inevitable contemplarla en cierto modo como heredera de otra película de animación notable, nacida de la colaboración entre artistas japoneses y estadounidenses y que cumple este año su 36 aniversario: El último unicornio, inspirada en un delicioso relato de Peter S. Beagle. Encuentro cierta similitud estética y también un parecido tono melancólico, crepuscular. Así como el hecho de que en El último unicornio hay criaturas mágicas, reyes y castillos, pero busca profundizar y trascender en un universo de emociones reconocibles por todos.

Igual que me recuerda al espíritu de Olvidado rey Gudú de Ana María Matute, una escritora a la que nunca está de más reivindicar.

Esta película de animación de la directora Mari Okada, guionista de Anohana (2013) y The Anthem of the Heart (2015) llega este viernes a los cines. No a demasiados y no durará mucho, así que si os interesa os recomiendo reaccionar rápido para no perder la oportunidad de verla en pantalla grande.

Dura casi dos horas y creo que los niños a partir de 8 o 9 años pueden disfrutarla, teniendo siempre en cuenta que es una narración que conmueve hasta las lágrimas, que encierra esperanza pero no es la típica historia fácil y cerrada a la que muchos niños están acostumbrados.

La protagonista de esta obra se llama Maquia y es de la raza iolf, cuyos miembros conservan la juventud durante siglos. El segundo protagonista es Ariel, un chico que pierde a sus padres a una edad muy temprana. Maquia no envejece por más años que pasen, pero Ariel sí. Y esta es la historia sobre cómo se va transformando el vínculo entre ellos.

Publicado en Ser Madre.

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