Mohamed Fahem no llegaba a los 30 años cuando tomó una decisión que cambió su vida. Hijo de la revolución que inspiró la primavera árabe y acabó con más de dos décadas de dictadura del tunecino Zine el Abidine ben Ali, contactó con las mafias dedicadas al tránsito de fanáticos islamistas, armó un pequeño petate y se embarcó rumbo a Siria, decidido a combatir “en el camino de Alá”. Cuenta el escritor y periodista tunecino Hedi Yahmed, uno de los mayores expertos en salafismo en el norte de África, en su reciente libro Yo estuve en Raqqa, un desertor del Estado Islámico que Fahem era un chico como otro cualquiera, uno de los miles de jóvenes árabes sin futuro claro que salía con sus amigos, frecuentaba los locales en los que la desesperanza se ahoga en café y en humo de narguile, y vibraba con los partidos del Real Madrid. También se solazaba con el rap, motor dinamizador de las primaveras árabes, vehículo de catarsis para una generación esquizofrénica, angustiada entre el rodillo de la modernidad y el ancla de la tradición religiosa. Hoy día esta música también es un poderoso instrumento de radicalización manipulado por las huestes del pretendido califa.

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