Video: El escalofriante relato de un traficante de personas, «Si te matan, ¿quién te va a reclamar?»

Video: El escalofriante relato de un traficante de personas, «Si te matan, ¿quién te va a reclamar?»

En sus 30 años como coyote, José ha cruzado migrantes a Estados Unidos por todos los medios posibles «excepto en avioneta por pistas clandestinas».

Y comienza a enumerar: «En contenedores; en camiones que llevan naranjas, clavados como se dice vulgarmente: la tarima va arriba llena de tomates o de jabones y abajo van clavados todos. A veces, en un camión de tres toneladas hay clavadas como 45 personas. Se puede usar el autobús, el tren, el coche privado como dicen los mexicanos, los taxis… Hay diferentes y mil formas de cruzar a los migrantes».

José [no es su nombre real] tiene unos 50 años y accede a contar su historia a Noticias Telemundo (tras un par de cambios de día y hora) en la frontera entre Guatemala y México, en La Mesilla, departamento de Huehuetenango, célebre por encabezar los primeros puestos de emigración del país.

Define así su oficio: «Para la comunidad somos ángeles, somos personas que nos pagan por cumplir un sueño, para salir de la pobreza. Y para las leyes, somos unos criminales».

Su negocio le da para vivir, e incluso tiene «algunas propiedades», dice; la clave de su éxito es haber establecido una red de coyotes para atravesar México de sur a norte.

«Me consiguen gente desde Sudamérica, colombianos, ecuatorianos, centroamericanos, y me los entregan. Pongo a trabajar a mis guías y los guías van entregándolos a otro grupo», explica.

Por 8,500 dólares le ofrece a los migrantes tres oportunidades para intentarlo con él. Es una cantidad difícil de pagar para quienes huyen de sus países precisamente por falta de recursos, así que José pide garantías. Por ejemplo, las escrituras de propiedades: «Me quedo con terrenos, con casas, con vehículos, con propiedades. No me las robo; al momento que ellos me pagan, yo se las devuelvo».

Parece ser una práctica establecida por algunos coyotes en Centroamérica para garantizar el pago.

En 2014, José Rolando Morales, originario de San Pedro Pinula, en Guatemala, contrajo una deuda con su coyote de 11,600 dólares, el precio por llevarle a Estados Unidos junto a otros nueve paisanos. Como garantía, le obligó a entregarle su casa, recuerda su hermana Lorena: «El día en que se fue, el coyote nos presentó a un licenciado para que le firmáramos las escrituras de nuestra casa y se las dejáramos».

En 2015, el cuerpo de Morales y el de sus compañeros fue encontrado en una fosa clandestina en Güemez, estado de Tamaulipas, en México. Lorena recuperó la casa, pero perdió a su hermano para siempre.

Fue una más en una larga lista de tragedias.

En 2010, 74 migrantes fueron ejecutados en una bodega de San Fernando, Tamaulipas, México. Los vendaron, los colocaron frente a un muro y los balearon. En enero pasado, 19 cuerpos calcinados fueron encontrados en Camargo, Tamaulipas, la mayoría migrantes guatemaltecos.

Las masacres de migrantes ocurren, asegura José, porque el coyote no ha pagado la cuota al crimen organizado para atravesar su territorio.

«Si uno no paga es cuando uno tiene problemas con los de la mafia«, explica, «y ellos no se tientan el alma para descuartizar o meterlo a uno en un tambo de ácido (…) Estás lejos de tu país, ¿quién te va a reclamar? ¿quién va a preguntar por usted? Se murió, se acabó, ahí terminó su vida».

Una vez que los cárteles cobran, les entregan una contraseña como comprobante de pago. A veces, dice José, son pulseras de colores. Otras veces ponen torretas en los camiones, las luces como las que usan las patrullas. O la carrocería va pintada de un color o el chófer lleva una cinta.

«Entonces ya saben, cuando les dan esa cinta, cuando les dan ese color es porque ya pagaron», dice.

Además de pagar a los cárteles, explica que también debe abonar sobornos: «Cuando le pagamos a un federal o a un migración, no estamos hablando de 5,000 o 10,000 pesos. Estamos hablando de 50,000 pesos mexicanos (2,500 dólares) en adelante. Y hay gente también que no se vende».

Quienes peor lo pasan son los niños, dice José.

«Qué necesidad tiene un niño de ir arrinconado en una caja de tomate, de tenerse que orinar en su propio pantalón tres o cuatro veces, un niño», explica, «de estar pidiendo comida donde no hay, de estar pidiendo agua donde no hay».

Y las mujeres.

«La mayoría son abusadas por los coyotes. Las amenazan. Si no tienen sexo con ellos, las dejan tiradas. Entonces ceden. Y si algún familiar las llama y les pregunta cómo están, ellas dicen «Aquí voy bien, no pasa nada», cuenta.

Él, asegura, nunca ha tocado a una mujer: «No, tengo hijas y tengo madre».

La embajada de Estados Unidos en Guatemala ha puesto en marcha una campaña en redes sociales para convencer a los guatemaltecos de que desistan de sus deseos de emigrar. En ella, una mujer relata el duro camino que tuvo que hacer y cómo fue engañada por coyotes.

José organiza trayectos de entre ocho y 15 días de duración, dice. Lo más «cabrón» del viaje es caminar por el desierto.

«Aunque tenga yo un corazón doblegado o amoroso, tengo que ponerlo duro, porque si me doblego ante la situación, en lugar de que se me quede uno, se me quedan todos, entonces prefiero perder a uno o a dos, que no perder todo el grupo», explica.

A la hora de cruzar a Estados Unidos, a veces tarda solo dos días pero, cuando no hay suerte le ha tocado esperar hasta un mes y medio. En otras ocasiones, la Patrulla Fronteriza les ha arrestado.

En esos casos, para evitar ser acusado de un delito de tráfico de personas, que conlleva penas más duras, siempre ha dicho que él formaba parte del grupo de migrantes, a quienes amenazaba si lo delataban:

«Si alguien divulga que yo soy el coyote, a algunos de ustedes me los llevo diciendo que ustedes trabajan para mí», cuenta.

En todos sus años de coyote, ha conocido los centros de detención con la Administración de Barack Obama y también con Donald Trump, en Arizona y en Texas, pero piensa seguir trabajando en lo mismo: «Cualquier gobierno puede taparnos las entradas pero que entramos, entramos. Ellos con su política y nosotros con la nuestra».