Tomó carrera, saltó el muro y lo capturaron: hoy es una “mente brillante” mundial, y Brad Pitt filmará su historia

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Nacido en México, en una pobreza tal que una de sus hermanas murió de bebé por deshidratación, se preparó física y mentalmente durante años, intentó saltar el muro para entrar a Estados Unidos y fracasó. Esta es la historia del “Dr. Q”, un hombre que hoy abre cerebros en el mejor hospital del mundo y extirpa tumores con la pericia de quien sabe desactivar una bomba.

El pequeño Alfredo había nacido en un pueblito de Mexicali, muy cerca de la frontera con Estados Unidos. Su mamá era apenas más que una adolescente y en su casa no había siquiera agua potable. “A una edad muy temprana mi hermanita falleció. De pobreza, de deshidratación, de diarrea”, cuenta en una entrevista al portal Infobae. Maricela era bebé y la falta de educación de sus padres impidió que se dieran cuenta a tiempo de lo que le estaba pasando.

Pero lo que no tenía en concreto, el mayor de los cinco hermanos lo tenía en la mente: “Imaginaba que viajaba a las estrellas, que desaparecía o que volaba. Fíjate que siempre imaginaba que no existían las barreras”, señala.

“Al mismo tiempo tenía unas pesadillas increíbles, en las que a pesar de todos estos poderes no podía salvar a mis padres, a mis hermanos, a mis abuelitos de estas cosas que nos atacaban a los seres humanos. Creo que esa es la razón por la que sigo luchando por encontrar una cura contra el cáncer y sostengo una fundación junto a los cuatro o cinco neurocirujanos más famosos del mundo, para ayudar a la gente pobre que no tiene acceso a neurocirujanos como yo o como mis colegas”.

Tenía 14 años y ya estudiaba para ser maestro cuando empezó a entrenarse para saltar. “No era como el muro de Alemania, no tenía ladrillos. Yo miraba hacia el horizonte y me imaginaba qué vida le esperaba del otro lado a gente como nosotros: gente pobre, gente humilde. Porque no sólo era una barrera física, era una barrera simbólica. Esa barrera nunca se me ha olvidado, son las barreras que también tengo hoy en mi trabajo como neurocirujano”.

Estaba a punto de cumplir 19 años cuando se despidió de su familia, fue a la frontera, tomó carrera, corrió, clavó los dedos en el enrejado, trepó por el alambre, esquivó el rollo de púas filosas y se tiró hacia el otro lado: Calexico, Estados Unidos.

“Pero me capturaron”, dice. Desde entonces está acostumbrado a combatir obstáculos que parecen imposibles.

Tuvo suerte, porque lo mantuvieron sólo un día detenido y lo mandaron de nuevo a México. Pero Alfredo volvió, estudió el paso de la patrulla de inmigración, cronometró el tiempo que tenía entre una ronda y otra, volvió a trepar, saltó, cayó del otro lado y corrió.

Así entró a Estados Unidos: sucio, pobre, indocumentado, solo.

“Claro, hoy me miras aquí en mi oficina, con mi corbata, mis cráneos sobre el escritorio… pero sí hubo muchos días en los que me acostaba llorando porque dejé todo: a mi familia, a mis padres, a mis hermanos, a mis tíos, abuelos, amigos, todo, todo, todo. Por muchos años decidí no mirar hacia atrás. No me arrepiento de nada, pero sé que fueron muchos sacrificios para cambiar aquel destino. Aquellos que piensan que no hay un precio que se paga para poder triunfar están en lo incorrecto”.

Como trabajador agrícola temporal, su tarea era extirpar la maleza de los campos de algodón y recolectar tomates: de sol a sol -las manos en carne viva- por 3,5 dólares la hora.

“Trabajaba en el campo con mis manos, las mismas manos con las que ahora hago cirugía”, dice orgulloso. “Estaba sucio, dormía en una casa rodante, era muy pobre, indocumentado. Lo más difícil de ser inmigrante es eso: ser invisible”.

El joven Alfredo se fue de ese campo a limpiar tanques de ferrocarril – “a limpiar aceite de pescado, que tenía un olor increíble a azufre, acuérdate que ese olor se usa como símbolo del infierno”-, y empezó a estudiar inglés de noche en una escuela comunitaria. Fue soldador, mayordomo en la empresa de ferrocarriles y, una década después de haber saltado el muro, se convirtió en ciudadano legal gracias a una política inmigratoria de aquel entonces. Unos años después puso el primer pie en la Universidad de Berkeley, en California.

¿Cómo? Combinando becas, el trabajo en dos laboratorios, las clases que dictaba como maestro de química, física y matemáticas y préstamos que pidió al gobierno. Lo mismo hizo cuando entró a la Facultad de Medicina de Harvard (fue ahí que se recibió de médico con honores), en la de San Francisco (donde estudió neurocirugía) y, cuando llegó a la prestigiosa Universidad John Hopkins, conocida ahora en el mundo por sus investigaciones sobre coronavirus.

En esta última se convirtió en profesor de Neurocirugía y Oncología, Neurología, y Director del Laboratorio de Células Madre tumorales cerebrales.

“Tú no puedes ser mexicano, eres demasiado inteligente”, recuerda que le dijo una docente: un refuerzo de la creencia de la inteligencia inferior que mejor frenar con un muro. Fue por ese comentario que Dr. Q pasó años intentando disimular su acento latino, algo que ya no hace. “Imagínate que yo abro cerebros de todo el mundo. Diferentes religiones, colores de piel, ideas. Y lo cierto es que todos los cerebros son similares. Todos tenemos esa capacidad increíble de hacer algo para cambiar el mundo”.

Recién en 2010, cuando ya era un neurocirujano y catedrático reconocido en el mundo, terminó de pagar “todas las deudas que había coleccionado”: los préstamos que había tomado para cubrir préstamos y terminar de pagar su educación en Estados Unidos, lo que hoy llama “una inversión en mí mismo”.

Terminó de pagar cuando estaba a punto de publicar su libro “Dr. Q: La historia de cómo un jornalero migrante se convirtió en neurocirujano” y cuando ya se le había acercado Jeremy Kleiner -productor de “12 años de esclavitud”, ganadora de tres premios Oscar- para hacer una película sobre su vida. Kleiner forma parte del equipo de Plan B, la productora de Brad Pitt. En 2015, poco tiempo después de que empezaran a trabajar en el guion, la revista Forbes lo eligió como “una de las mentes más brillantes de México en el mundo”.

Quiñones lleva escritos ocho libros de neurocirugía y hay otros seis que están por salir, publicó más de 450 artículos revisados por pares y 100 capítulos de libros, pero lejos de ser distante -la idea de “eminencia médica”- se lo ve tocar al paciente, apoyarle la mano en el hombro, abrazar a las esposas: tan latino. Hoy, además, dirige la investigación financiada por la máxima autoridad estadounidense en salud (NIH) para curar el cáncer cerebral y una ONG llamada “Mission: BRAIN” para pacientes de todo el mundo que no pueden pagar procedimientos neuroquirúrgicos avanzados.

“Mira, yo de niño creía mucho en superhéroes y ahora creo que mi superpoder no es lo que hago con mis manos, no es lo que hago con el cerebro, sino lo que hago con mi corazón para conectarme con los pacientes cuando los toco, cuando les digo ‘yo estoy ahí contigo’, te voy a cuidar como si fueras mi hermano, mi hermana, mi esposa, mi hijo, mi hija. Creo que al final del día no importan los premios, los libros, los logros: al final del día no hay nada más poderoso que darle al paciente esperanza”.

 

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